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Por: Erasmo Escobar Santander.

 

El pasado 16 de octubre de 2017, tuvo lugar en Roma, la asamblea de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), por sus siglas en inglés; el propósito fue el de celebrar el Día Mundial de la Alimentación, bajo el lema “Invertir en seguridad alimentaria y desarrollo rural, para cambiar el futuro de la migración”.

 

 

Al evento, que contó con la participación de líderes de diferentes países, asistió el Papa Francisco, quien en su intervención ante la plenaria insistió en 2 puntos fundamentales que hoy queremos destacar, las confrontaciones bélicas y el cambio climático fueron abordados por el sumo pontífice al referirse textualmente en estos términos: “Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable”.

 

 

En su estilo prudente y a la vez directo el Papa Francisco, hizo un llamado a la reflexión en torno a que se deben tomar medidas urgentes y de fondo para acabar con el hambre y la pobreza a nivel global y, que nos corresponde a todos tomar conciencia sobre la gravedad de este problema, que afecta en la actualidad a 815 millones de hombres, mujeres y niños que pasan hambre, esto significa que son víctimas de este flagelo 11 de cada 100 habitantes del planeta.

 

 

Como el buen pastor que es, el obispo de Roma, invitó a los asistentes a actuar con amor y prontitud en favor de los más necesitados, para disminuir la desigualdad latente en el mundo; “Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario”.

 

 

Es decir, rediseñar las políticas gubernamentales para que dejen de favorecer a los grandes grupos económicos y empiecen a mirar al ser humano, buscando generar condiciones de equidad y oportunidad de un desarrollo real, que no se quede en el discurso, sino que llegue a los sitios más remotos, donde el abandono, la corrupción y la pobreza van de la mano con la desnutrición.

 

 

Colombia, no es ajena a esta dura realidad las zonas de frontera presentan contundentes cifras al respecto, según la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes, ELCA – cuyos resultados se dieron a conocer el 26 de octubre, el 64% de los niños que en 2010 se encontraban en una situación de riesgo o de rezago, siguen en esa misma situación en 2016.

 

 

En el estudio, que es único en el país en hacer seguimiento a 2.973 niños, en un lapso de 6 años, sobre la evolución en su crecimiento y nutrición, se detectaron diferencias marcadas en el desarrollo cognitivo y el estado nutricional entre los infantes del campo y de la ciudad, asociados al nivel de riqueza del hogar. Estas inequidades se presentan en la primera infancia y permanecen en el tiempo.

 

 

Otro dato importante de esta investigación, hace referencia a que en los primeros 1.000 días de vida existe una ventana de oportunidad para corregir los retrasos en la talla para la edad. En particular, es durante la primera infancia cuando las intervenciones tienen un mayor impacto.

 

 

En un país donde no es prioridad la atención infantil,  y donde los lineamientos apuntan a otros objetivos, el estudio de la Universidad de los Andes, hace un revelador diagnóstico de lo equivocados que están nuestros gobernantes en torno al propósito de la FAO,  - “Las políticas orientadas a la primera infancia son las que tienen el  potencial de cerrar las brechas que genera la pobreza en la población rural y urbana del país”. – Se puede leer en la Encuesta Longitudinal Colombiana.

 

 

Otros apartes del seguimiento profundizan en la influencia de la pobreza en  el atraso de los pequeños en cuanto al estudio y su calidad alimentaria: “Cuando en el inicio de la vida el estado cognitivo y nutricional de los niños tiene rezagos, éstos persisten.  Estos se traducen en una menor probabilidad de éxito escolar y en general de desarrollar todo su potencial”. Para combatir el hambre y la pobreza en Colombia, se debe comenzar por reducir la desigualdad en la primera infancia. – Concluye el grupo investigador de la  Universidad de los Andes.

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