Copyright 2017 - Ecos de Pasto

Bienvenidos

NOCHE DE VELITAS SIN LA VIRGEN MARIA

 

Sí, por desgracia es muy posible celebrar la noche de las velitas sin acordarse de la Virgen María, como también es posible celebrar una Navidad sin Jesús.  Absurdo y lamentable, pero cierto. Nadie piensa en celebrar la fiesta de la madre excluyendo del agasajo a la propia mamá.

 

El 7 de diciembre es la noche más luminosa del año.  No porque brillen más las estrellas, sino por los miles de punticos luminosos que titilan en los marcos de nuestras puertas y ventanas y en las aceras al frente de la casa.  La llama vacilante de una vela se une a otros miles y miles, hasta llenarlo todo: es como si las estrellas se bajaran al suelo de nuestras calles y campos para entablar una competencia de luminosidad con el firmamento que se despliega sobre nuestras cabezas.

 

Y todo ello para honrar a una mujer. A una campesina llamada Myriam que vivió hace muchos años en un pueblito de Palestina llamado Nazaret.  Una mujer única, porque fue la mamá de un personaje también único, que es Dios hecho hombre, Dios que vino a plantar su tienda de campaña entre nosotros, como uno más: “como un hombre cualquiera “, dirá San Pablo”.

 

Las expresiones religiosas se valen legítimamente de la poesía, del romanticismo.  Aunque los filósofos antiguos definieron al hombre como “animal racional”, eso no quiere decir que el ser humano deba ser puro cerebro,  una racionalidad sin corazón.  De ahí la  expresión legítima de los sentimientos a través de símbolos variados, como pueden ser unas luces o un ramo de flores.

 

En la víspera de la fiesta de la Virgen  Inmaculada nuestra admiración agradecida se manifiesta en la frágil y temblorosa llama de las velas.  Jesús es la luz  del mundo: es el sol ante cuyo resplandor toda otra luz palidece.  María también es luz; aunque una luz mucho más pequeña y participada. Se la puede comparar con un camino de lucecitas que nos conduce a la luz por excelencia que es Jesucristo.  Por ella nos vino Jesús y por ella vamos hacia Jesús.

 

No es fácil señalar con precisión cuándo y cómo se originó la costumbre  de honrar a María con luminarias.  Según las crónicas, al terminar el Concilio de Éfeso, en el año 431, los cristianos organizaron un grandioso desfile, con velas y antorchas, para honrar a María a quien los padres conciliares acababan de reconocer el título de Madre de Dios, madre de Jesús Dios y hombre.

 

Hay razones para creer que desde los comienzos de la evangelización americana, ya se empezaron a prender fogatas y a iluminar las casas en la noche anterior a la fiesta de la Inmaculada.  Hoy se ha consolidado ésta como una costumbre típica de nuestra  tierra colombiana.

 

Unas velas, una plegaria en familia y unos cantos alegres hacen parte de la noche de las velitas.  Están lejos del sentido original de la celebración la borrachera colectiva, las riñas  y la tragedia de los niños quemados con pólvora.

 

       Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                    Pasto, diciembre 6 de 2017

f t g m

parrilla