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Dentro de la furia electorera que revuelve al país, también nos han pretendido involucrar a los sacerdotes católicos  en nuestro ministerio sagrado.  Me han llegado, de personajes cuyo nombre me prometo callar, diversas propuestas: “Padre, venimos a pedirle una misa en el templo para iniciar nuestra campaña; le aseguramos  gran asistencia”.  Otro me dijo: “Padre, ¿podría presidir una ceremonia solemne para bendecir la sede de nuestra campaña? Usted sabe que somos católicos: defendemos  la moral cristiana”.

Las propuestas de esta laya me han dejado pensativo.  ¿Qué debo hacer?  ¿Se busca un acto religioso de humilde oración a fin de pedirle al Señor su ayuda para vivir el compromiso cristiano en la política?  ¿Se quiere pedir la asistencia de Dios para desempeñar con honradez la misión del político, sin sucumbir a las tentaciones del poder?  ¿O se busca simplemente aprovecharse de la fe sencilla del pueblo, simulando una pretendida religiosidad que traerá manotadas de votos?

El 25 de julio de 1593, al término de las guerras religiosas de Francia, el rey Enrique IV abjuró de la religión protestante en que había sido educado y se declaró como católico. Era una condición necesaria para poder gobernar a Francia.  Quedó la duda de si su conversión había sido sincera. Quienes creyeron que su abjuración del calvinismo había  sido oportunista, con fines exclusivamente políticos, le atribuyeron al rey esta frase, pronunciada cuando tomaba posesión de la capital: “¡París bien vale una misa!”.

Con gusto celebraré la misa, en forma privada, por un candidato que desee pedir a  Nuestro Señor su ayuda para adelantar la campaña con honradez, buscando el bien público, no sus propios intereses.  Todos necesitamos la ayuda divina, más en ese camino del ascenso político tan lleno de serpientes traicioneras.  Pero me resistiré de plano a una bendición o celebración eucarística, como espectáculo para crear buena imagen o atraer multitudes.  Considero como profanación execrable la utilización de lo sagrado para fines políticos, así éstos sean legítimos.

Durante la guerra de secesión de los Estados Unidos le sugirieron al presidente Abraham Lincoln que encargara oraciones por el triunfo de los ejércitos oficiales.  El presidente respondió: “No oremos porque Dios esté de nuestro lado en la guerra; oremos, más bien porque nosotros estemos del lado de Dios”. No pretendamos poner a Dios al frente o en favor de nuestra campaña.  Esforcémonos,  más bien, porque nuestra campaña esté del lado de Dios, vale decir, del lado del bien de nuestro pueblo, especialmente de los más desfavorecidos

 Hay quienes hacen rociar sus campañas con agua bendita, al mismo tiempo que buscan cómo atraerse los aleluyas clamorosos de los cultos evangélicos.  No faltan otros  –o esos mismos- que, para asegurarse mejor, acuden a la Sierra Nevada para pedir la bendición del mama, o a las selvas orientales para recibir el sahumerio del chamán amazónico.

Así lo han hecho altos personajes del gobierno en pasadas elecciones. ¿Qué opinan ustedes? Parece que Macondo no se ha extinguido.  ¡Nos siguen esperando cien años de soledad!

                                    Gustavo Jiménez Cadena,  S.J.                  Pasto, enero 31 de 2018

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