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LOS INDÍGENAS TAMBIÉN SON COLOMBIANOS.

 

Hoy, 9 de agosto, se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.  Una fecha que no debería pasar inadvertida, dada la gran riqueza cultural y la importancia numérica de la población indígena de Colombia: se calcula en cerca de 1.400.000 personas.  Existen en el país 710 resguardos.

Los blancos de origen europeo, los afroamericanos y los mestizos, que conformamos la mayor parte de los habitantes de Colombia, somos los llegados de la última hora; por consiguiente, los que menos derechos deberíamos reclamar sobre la posesión de estas tierras.  Los indígenas son los descendientes directos de quienes fueron dueños de la tierra americana por miles de años: los más colombianos de los colombianos.

Afortunadamente ya pasó la época en que se creía que los grupos indígenas eran racial y culturalmente inferiores, mientras que los blancos europeos o sus descendientes pertenecían a una raza y civilización superior. Así se justificaban el colonialismo y la explotación. Hoy, ningún científico serio defiende que haya razas y culturas superiores o inferiores.  Simplemente son distintas: cada una con riquezas particulares de que carecen las otras.

En mi vida hubo una época privilegiada, por varios años, en que todas mis Semanas Santas y Navidades, como sacerdote, las pasé en distintas comunidades indígenas de Colombia.  Conté con las facilidades que me ofrecieron en todo momento las valientes Misioneras de la Madre Laura. Entonces tuve la oportunidad de empaparme de las riquezas culturales de estos pueblos.

Admiré la alegría y sentido del humor de los Barí o Motilones del Catatumbo, el sentido religioso y respeto por la madre tierra de los Koguis de la Sierra Nevada, la  belleza de las mujeres Embera con sus chaquiras y sus pinturas cosméticas en la cara y en el resto del cuerpo, la solidaridad de los Nasa caucanos, las mantas multicolores agitadas por el viento de las mujeres Wayú en el desiertos de la Guajira, la sabiduría y conocimientos en medicina natural de los Jaibanás chocoanos.

La riqueza cultural de las tribus indígenas es un patrimonio nacional que merece ser valorado.  No pocos de los rasgos culturales indígenas podrían y deberían pasar a enriquecer nuestra cultura predominante, tan contagiada de elementos baratos importados acríticamente de la sociedad global.

A las misiones católicas se les pudo acusar en tiempos pasados de actuar como idiotas útiles del colonialismo cultural. La Iglesia postvaticana ha desenterrado  el enfoque de aquella “inculturación”, que pusieron en práctica los jesuitas en las antiguas misiones de China y de la India.  No hay por qué cambiar la cultura de los indígenas, como un paso previo necesario para cristianizarlos. A los indígenas, la Iglesia les reconoce su derecho para que Cristo se les anuncie en términos de su propia cultura y se les anime a vivir su cristianismo, así mismo en términos de su propia cultura, incluida su lengua y signos litúrgicos inteligibles para ellos.

Recuerdo que, en mis andanzas por la Sierra Nevada, cuando los Koguis  me invitaron a bendecir su capilla, le pedí al “mama” de la tribu que presidiera conmigo la ceremonia y fuera él quien rociara el recinto con agua bendita: se trataba, de mi parte, de un modesto intento de inculturación con el que mostraba mi respeto por las estructuras de su organización social y religiosa.

Estas pocas líneas constituyen una invitación para que los colombianos reconozcamos la dignidad de nuestros hermanos indígenas y sus grandes valores humanos, defendamos sus derechos y nos empeñemos en evitar su desintegración y la desaparición de sus lenguas y de su cultura.

                Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                             Pasto, agosto 9 e 2017

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