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Francisco, por el hecho de ser el Papa, tiene que hacer muchas cosas que él no querría ni le gustaría que se las hicieran.

 

No piensen que al Papa le gusta que las multitudes lo ovacionen.  Sabe que ocupa un puesto de preeminencia en esa inmensa comunidad de mil millones de católicos, pero al mismo tiempo se reconoce miserable, pequeño ante Dios, sujeto a las limitaciones de todo ser humano. “Describir al Papa –dice- como una especie de superman, una estrella, es ofensivo para mí. El Papa es un hombre que ríe, llora, duerme tranquilamente y tiene amigos, como cualquier otro”.

 

Francisco ha dicho que, cuando las multitudes entusiasmadas  lo esperan durante horas para verlo pasar por la calle, piensa en lo que escribió su antecesor Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa,  refiriéndose al burrito sobre el que montó Jesús el Domingo de Ramos: “¡Cómo se habrían reído del burro, si al escuchar los aplausos de la muchedumbre, se hubiese ensoberbecido y hubiese comenzado, asno como era, a dar las gracias  a diestra y siniestra con reverencias de prima donna!  ¡No vayas tú a hacer un ridículo semejante!”.  Por eso, más de una vez, a los que gritan “¡Viva el Papa!”, Francisco les ha dicho que mejor griten “¡Viva Jesús!”.

 

El Papa confiesa que no le gusta viajar.  Pero se siente en la obligación de hacerlo.  El primero fue a Lampedusa, un viaje relámpago, improvisado, fruto de una corazonada.  Le conmovieron las imágenes de los refugiados muertos en el mar, ahogados no lejos de la costa italiana: niños, mujeres, hombres.  Fue a implorar el perdón de Dios por esa tragedia desgarradora: 25.000 muertos en 20 años, intentando llegar a Europa.  Fue a llorar a los muertos y consolar a las sobrevivientes.

 

 A Rio de Janeiro, su segundo viaje, fue porque la Jornada Mundial de la juventud ya estaba programada desde el tiempo de Benedicto XVI. “Ahora –dice el Papa Francisco- siento que debo visitar las iglesias, alentar las semillas de esperanza que hay en ellas”.

 

No le gusta viajar, pero sí le gusta, y muchísimo, encontrarse directamente con la gente, especialmente los más pequeños, los minusválidos, los pobres.  Necesita estar en cercanía de las personas.  Por eso rechazó desde el principio el papamóvil totalmente cerrado con vidrios antibalas: “Yo en esa caja, no voy a meterme nunca -dijo-; el obispo es un pastor, un padre, no puede haber demasiadas barreras entre él y la gente”.

 

Fiel a su costumbre, en el momento de regresar a Roma, Francisco acudirá con un ramo de flores a la iglesia de Santa María la Mayor. Arrodillado ante la imagen de la Virgen, dará gracias y le encomendará todas las personas que encontró en su viaje a Colombia.

 

 La plegaria fundamental del Papa será, sin duda, la que ha expresado en otras ocasiones: “Nunca más la guerra; con la guerra todo queda destruido.  Infunde a los colombianos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz”.

 

                       Gustavo Jiménez Cadena, S.J.       Pasto, agosto  30 de 2017

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