Copyright 2017 - Ecos de Pasto

Bienvenidos

 

 

En la Iglesia Católica, de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo, el episcopado no constituye un trono de honor sino un encargo de servicio.

 

El Papa Francisco lo recuerda una y otra vez: “Los obispos han sido escogidos entre los seres humanos para servirles en las cosas de Dios.  El episcopado es un servicio, no un honor.  Por eso el obispo debe ante todo vivir para los fieles y no solamente presidirlos; porque según el mandato del Señor, el que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”.

 

Por ello, al cumplir nuestro obispo Enrique Prado Bolaños veinticinco años de su ordenación episcopal, no me siento con ninguna obligación de felicitarlo. ¿Felicitarlo por qué? ¿Por un honor recibido?  No, aquí no hay ningún honor o distinción que celebrar.  En cambio, sí me siento vitalmente obligado a agradecerle de corazón por 25 años de servicio: de gastarse y desgastarse en beneficio del rebaño.

 

¡Gracias, muchas gracias Señor Obispo!  Gracias a usted y sobre todo gracias a Jesús, el Pastor Supremo, que nos ha dado tantos regalos, valiéndose de usted como su instrumento generoso.

 

Gracias porque, día por día, se ha empeñado en cumplir el lema de su escudo: “Anunciar a Jesucristo”.

 

Según mis cuentas, por lo menos 1.100 veces ha transmitido usted su mensaje evangelizador de la “Hora Católica” a través de Ecos de Pasto; y muchas veces más en sus correrías apostólicas por las 75 parroquias de su diócesis. El proceso diocesano de renovación y evangelización, impulsado por usted, ha ofrecido amplio cauce al encargo misionero de hacer discípulos de Cristo a todas la gentes.

 

Jesús pasó por el mundo curando a los enfermos y aliviando sus dolencias.  Gracias, Señor obispo, por ese monumento a la caridad cristiana, conformado por instituciones hospitalarias que unen  la más alta tecnología con el trato respetuoso y delicado a las personas: Hospital San Pedro, Hospital Infantil Los Ángeles y el Amparo San José.

 

Gracias por la promoción de vocaciones sacerdotales, que ha florecido en un seminario sólidamente organizado, con 66 seminaristas, y en la ordenación de 87 sacerdotes. Un número que supera todas las expectativas.

 

Gracias por las 18 parroquias nuevas, por la reestructuración de la Catedral y de la Casa Episcopal, por el Banco de Alimentos para ayuda de los más pobres, por la creación de la Universidad Católica del Sur.

 

Gracias por sus celebraciones eucarísticas y sus largas horas de oración, tal vez los momentos más ricos de su servicio. Gracias por su callado y necesario trabajo de oficina y su cariñosa atención a los fieles, por el impulso al apostolado de los laicos y por mil razones más, de las que tal vez ni usted mismo es consciente, pero que sí conoce en profundidad nuestro buen Dios.

 

Limpiando mis palabras de la herrumbre que suele pegarse a las expresiones demasiado trajinadas, termino diciéndole con el corazón: “Que Dios le pague”.

                  Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                           Pasto, agosto 23 de 2017

 

Por Erasmo Escobar Santander.

 

Por estos días, Monseñor Julio Enrique Prado Bolaños, celebra junto a la comunidad nariñense sus 25 años de vida episcopal y 50 como sacerdote, recibió su ordenación episcopal el 22 de Agosto de 1992. Por tal motivo, la Diócesis de Pasto, ha dispuesto de  una programación que iniciará con cuarenta horas de preparación espiritual ante el Santísimo, el domingo 20 de agosto, el lunes 21 de agosto se llevará a cabo un acto cultural y de reconocimiento en el Colegio Las Bethlemitas y el martes 22 de agosto, día central, se ofrecerá una Eucaristía a las 10:00 de la mañana en la Iglesia Catedral.

 

 

Monseñor Enrique Prado Bolaños nació en Cumbal (Nariño) el 21 de noviembre de 1943, estudió filosofía y teología en el Seminario Mayor de Pasto; fue ordenado sacerdote el 3 de diciembre de 1967 incorporándose a la Diócesis de Pasto.

 

 

Desde 1982 hasta el 8 de julio de 1992 fue Párroco de su pueblo natal Cumbal y rector del colegio ‘José Antonio Llorente’ de esa misma localidad. San Juan Pablo II lo nombró Obispo Titular de Fornos Maggiore, en Tunes – Norte de África y, Auxiliar de Cali  el 8 de julio de 1992. El 2 de febrero de 1995 San Juan Pablo II lo nombró obispo de Pasto.

 

 

Monseñor Prado Bolaños, fue también encargado temporalmente de la Diócesis de Tumaco,  donde al igual que en Pasto, ha liderado la misión de llevar a todos los rincones de la comarca el Evangelio, es así como además, de sus correrías por pueblos y veredas,  Monseñor Julio Enrique, participa junto a los Sacerdotes Gustavo Jimenez Cadena y, Carlos Santander Villarreal, en la emisión dominical del Programa  “La Hora Católica”, de 8:00 a 9:00 de la noche por Emisora Ecos de Pasto.

 

 

Felicitaciones a nuestro pastor en sus Bodas de Plata Episcopales, que Dios, guíe  y fortalezca siempre su vocación y su vida al servicio de los más necesitados.

 

Así llamaron sus opositores a Gerardo Valencia Cano, vicario apostólico de Buenaventura. También lo llamaron obispo guerrillero y comunista.  Si viviera todavía, estaría cumpliendo cien años dentro de diez días, el 26 de agosto.

 

También llamaron “obispo  rojo” al gran apóstol brasileño, Dom Helder Cámara, un obispo pobre y para los pobres, quien, por defender los derechos de los débiles tuvo que enfrentarse muchas veces con el régimen militarista y dictatorial de su  país.  Decía con humor: “Cuando les doy de comer a los pobres me llaman santo.  Pero cuando pregunto por qué los pobres pasan hambre, me dicen que soy un comunista”.

 

También al Papa Francisco le han hecho acusaciones parecidas.  “Es extraño –dice el pontífice-  si hablo de  justicia social, para algunos resulta que el Papa es comunista”.

 

Durante el Concilio Vaticano, Gerardo Valencia participó en el Pacto de las Catacumbas: el compromiso de 40 obispos de impulsar una Iglesia servidora y pobre. Vivió como un pobre entre los pobres: su vestido, su comida, su tenor de vida.   Renunció a los títulos episcopales: nada de “Excelencia” y “Monseñor”:, simplemente Gerardo. “Su Excelencia es sólo para Cantinflas”, decía.

 

No se impregnó, como lo pediría el Papa Francisco, del olor de sus ovejas.  Por la simple razón de que ni en el Vaupés ni en Buenaventura había ovejas.  Pero sí se impregnó del penetrante y fastidioso olor a pescado, de tanto visitar los ranchos de sus amigos pescadores y salir a pescar en sus canoas con ellos, vestido de pantaloneta.

 

 Cuando la draga de Puertos de Colombia empezó a derribar los tugurios de sus hermanos afro, el obispo se plantó para impedir el desalojo,  junto a ellos, con el barro a las rodillas.  No quiso moverse: “Tendrán que pasar sobre mi cadáver”.  Los bomberos  tuvieron que sacarlo a la fuerza.

 

A la mañana y a la noche se escuchaba todos los días  la voz del obispo por la radio.  Sus mensajes evangélicos traían enseñanzas sociales que sacudían las conciencias de los poderosos y animaban a los excluidos a organizarse y reclamar sus derechos. 

 

Fue apóstol de la no violencia activa. Aunque se reunió  con el grupo sacerdotal de Golconda y apoyó sus ideales de cambio social, siempre rechazó la violencia. Cuando alguien habló de tomar las armas y unirse a la guerrilla, el obispo se puso de pie y, alzando la biblia, dijo con energía: “¡Esta es mi única arma!”. 

 

A la muerte del padre Camilo Torres, el obispo le escribió a una sobrina suya, gran admiradora del sacerdote guerrillero: “No creo  que tú me ganes en amor por este infortunado hermano mío en el sacerdocio. Ojalá me ganes. Pero fíjate que tu modo de pensar no está de acuerdo con el evangelio de Cristo y mucho menos con su táctica de redención del mundo”.

 

Gerardo Valencia murió al desplomarse el avión entre los Farallones de Cali.  En el ambiente quedó flotando la sospecha de que fuera un accidente provocado por los poderosos, a quienes molestaba su presencia sacerdotal.

 

        Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                   Pasto, agosto 16 de 2017.

LOS INDÍGENAS TAMBIÉN SON COLOMBIANOS.

 

Hoy, 9 de agosto, se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.  Una fecha que no debería pasar inadvertida, dada la gran riqueza cultural y la importancia numérica de la población indígena de Colombia: se calcula en cerca de 1.400.000 personas.  Existen en el país 710 resguardos.

Los blancos de origen europeo, los afroamericanos y los mestizos, que conformamos la mayor parte de los habitantes de Colombia, somos los llegados de la última hora; por consiguiente, los que menos derechos deberíamos reclamar sobre la posesión de estas tierras.  Los indígenas son los descendientes directos de quienes fueron dueños de la tierra americana por miles de años: los más colombianos de los colombianos.

Afortunadamente ya pasó la época en que se creía que los grupos indígenas eran racial y culturalmente inferiores, mientras que los blancos europeos o sus descendientes pertenecían a una raza y civilización superior. Así se justificaban el colonialismo y la explotación. Hoy, ningún científico serio defiende que haya razas y culturas superiores o inferiores.  Simplemente son distintas: cada una con riquezas particulares de que carecen las otras.

En mi vida hubo una época privilegiada, por varios años, en que todas mis Semanas Santas y Navidades, como sacerdote, las pasé en distintas comunidades indígenas de Colombia.  Conté con las facilidades que me ofrecieron en todo momento las valientes Misioneras de la Madre Laura. Entonces tuve la oportunidad de empaparme de las riquezas culturales de estos pueblos.

Admiré la alegría y sentido del humor de los Barí o Motilones del Catatumbo, el sentido religioso y respeto por la madre tierra de los Koguis de la Sierra Nevada, la  belleza de las mujeres Embera con sus chaquiras y sus pinturas cosméticas en la cara y en el resto del cuerpo, la solidaridad de los Nasa caucanos, las mantas multicolores agitadas por el viento de las mujeres Wayú en el desiertos de la Guajira, la sabiduría y conocimientos en medicina natural de los Jaibanás chocoanos.

La riqueza cultural de las tribus indígenas es un patrimonio nacional que merece ser valorado.  No pocos de los rasgos culturales indígenas podrían y deberían pasar a enriquecer nuestra cultura predominante, tan contagiada de elementos baratos importados acríticamente de la sociedad global.

A las misiones católicas se les pudo acusar en tiempos pasados de actuar como idiotas útiles del colonialismo cultural. La Iglesia postvaticana ha desenterrado  el enfoque de aquella “inculturación”, que pusieron en práctica los jesuitas en las antiguas misiones de China y de la India.  No hay por qué cambiar la cultura de los indígenas, como un paso previo necesario para cristianizarlos. A los indígenas, la Iglesia les reconoce su derecho para que Cristo se les anuncie en términos de su propia cultura y se les anime a vivir su cristianismo, así mismo en términos de su propia cultura, incluida su lengua y signos litúrgicos inteligibles para ellos.

Recuerdo que, en mis andanzas por la Sierra Nevada, cuando los Koguis  me invitaron a bendecir su capilla, le pedí al “mama” de la tribu que presidiera conmigo la ceremonia y fuera él quien rociara el recinto con agua bendita: se trataba, de mi parte, de un modesto intento de inculturación con el que mostraba mi respeto por las estructuras de su organización social y religiosa.

Estas pocas líneas constituyen una invitación para que los colombianos reconozcamos la dignidad de nuestros hermanos indígenas y sus grandes valores humanos, defendamos sus derechos y nos empeñemos en evitar su desintegración y la desaparición de sus lenguas y de su cultura.

                Gustavo Jiménez Cadena, S.J.                             Pasto, agosto 9 e 2017

f t g m

parrilla